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Unu tago en Madrido |
Madrid 2004 |
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Motonía... hastío... soledad... e ira...
El despertador comienza a pronunciar frases distorsionadas entre la realidad y el sueño... fundiéndose con el imparable bullicio de los vehículos en la calle. Son las siete y media, o las ocho de la mañana... qué se yo. Al fin y al cabo tengo la impresión de que aún no he comenzado a conciliar el sueño. Mi compañero lanza un par de pataditas furtivas debajo de las sábanas para confirmar que sigo ahí. Le respondo con un “grum”, me retuerzo y vuelvo a embullirme en mi sueño.
Los coches... el autobús de la mañana... los pitidos del acostumbrado atasco en el semáforo... las motos... Nada duerme en esta ciudad. Nada descansa. Mucho menos yo.
Ponerse en marcha. Cada minuto cuenta, cada minuto es aprovechable... Una obsesión constante por reciclar cada pequeño momento. Por respirar cada minúsculo átomo de oxígeno que sobrevive en esta apestosa ciudad. Las 08.17. 3 minutos para desayunar. Las 08.23. 2 minutos para salir, y llego tarde. Cartera, tabaco, abono, mechero y llaves. Que no se me olviden las llaves.
La puerta retumba amenazadora a mi paso. Adiós.
No existe nada más satisfactorio en esa jodida ciudad, que el fresco amanecer purificando la mañana. Respiro... siento el sol acariciando mi cara... Pero tengo prisa. Las 08.26. Semáforo rojo. Parar. Mirar. Cruzar. Semáforo rojo. Girar. Semáforo verde. Cruzar. Masa de humanos introduciéndose por la boca del metro. Seguir masa. Paso rápido. Adelantar. Cruzar. Sacar bonometro. Detectar hueco. Introducir bonometro. Coger bonometro. Guardar bonometro. Escaleras eléctricas. Decidir: lado izquierdo, carril rápido, lado derecho, carril lentro. Rápido, rápido, rápido...
El calor... Cada uno de nosotros se sitúa en una posición estratégica en el andén, según sus intereses: según la siguiente parada donde nos bajamos, según la cantidad de gente que acostumbra el vagón coincidente, según supersticiones, según miedos... Mi lugar personal se encuentra en el primer cubo de basura a la izquierda de la entrada. Detrás del cubo existe una rejilla de ventilación gracias a la que se produce una pequeña corriente de aire frío. Si te sitúas justamente contra el cubo de basura, puedes huir durante unos breves instantes del calor y agobio de las profundidades. El tren llega pronto. El tren siempre llega pronto, siempre llega demasiado tarde.
Observo a la gente. A la gente no le gusta que la observen. Tienen miedo. Todos tenemos miedo. Miedo a que nos roben. ¿La cartera? Ah sí, en este bolsillo... ¿Cerrado? Sí claro. Miedo a un atentado. ¿Qué será eso? ¿Qué hay debajo? ¿De dónde será ese?. Por esa razón nadie habla. Nadie habla. Se oye el sonido del tren deslizándose sobre las vías. Monótono... inquietante... Miradas furtivas. Un mar de periódicos, libros, codos y bolsos. Ondeamos al ritmo del tren... todos hacia la izquierda.... todos hacia la derecha... pequeño descenso de velocidad... acelerón... parada. Esta barra es tuya... esta barra es mia... Ese asiento es del primero que llegue. Hay un anciano sujetándose a una barra como buenamente puede. Nadie se levanta. A nadie le preocupa. ¿Dónde está el anciano? ¿Qué anciano? El anciano no existe. Algo me dice que yo tampoco existo. Pisotón. Lo siento. No contesta. Empujón. Oiga!. No contesta. ¿Le ayudo?. No contesta. El anciano no existe. |
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Teksto skribita de Patricia Saco dum 2004. |
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