Patricia Saco - ESTUDIO GRÁFICO
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Balance de algunos sucesos 14 de abril 2007
 
En dos meses han pasado muchísimas cosas que aquí he tratado de forma poética... y abstracta... y ahora me gustaría contar la historia como quien relata un cuento...

Todo empezó a terminar en una casa de pueblo alquilada en el barrio de arriba de Dehesas, a 5 kilómetros de Ponferrada dirección Cacabelos, quizá. Después de un intenso año de batallas personales y ratos de camino, la carcoma empezó a descender al piso de abajo. La casa se nos caía encima. Por entonces estábamos Ion, el Pancho y yo, abandonando nuestra leyenda personal a manos del miedo y la contradicción. Cómo llegamos ahí después de tanta felicidad es otro cuento con sus montañas y sus valles.

Encontré una casa de ensueño en alquiler en un pueblo cerca de Bertamiráns. Cerca de mi familia, cerca de mis amigos de toda la vida... Para bien y para mal.

El Parolas llegó a las 9 o 10 si no recuerdo mal. Con su gran sonrisa y su mirada inquietante. Su bigote rizado como dos espirales perfectas hacia el cielo, brillaban con el sol de la mañana. El Parolas trabaja de transportista por Galicia, que yo sepa. Trae cosas también de Madrid. Ha encontrado una forma de ser un espíritu libre, con sus pros y sus contras. Me gusta ver a los pájaros volar en el cielo.

Mi casita de duende
Tras un viaje relámpago aterrizamos en mi casita. Yo todavía no había estado en ella... conocía el pueblo porque cuando vivía en Bertamiráns daba muchos paseos por los alrededores y además había visitado a mi profesor de pintura, José Ramón, un par de veces allí también. La verdad es que yo me conformo con mucho menos, pero es lo más barato que encontré y lo que más se parece a mi sueño. Un lugar tranquilo donde reposar mis pies junto a la hoguera y compartir una buena comida con otros fueguitos. Despertarme con el sol sobre mi cara y el sonido de los pájaros...

Comencé a tomar mi camino y las cosas empezaron a seguir su rumbo con naturalidad. Coloqué mis cosas... reorganicé toda la casa... moví la cama el sofá hasta dejar todo a mi gusto... Y poco a poco esto se fue convirtiendo en un estudio de pintura con trozos de casa por el medio.

Trabajo itinerante
A las dos semanas de llegar estaba de camino a un congreso de protección civil en León. A mis espaldas la mochila y en mi mano un carrito con una caja cubierta de papel azul. ¿Qué me tocaría esta vez? Informática? Cargar cajas? Montar stands? Azafata? Me esperaban tres días de locura día y noche.

Cuando llegamos a la carpa el suelo estaba encharcado de agua. Se había anunciado un temporal de mil pares en el norte y empezaban a sufrirse las consecuencias. Javier estaba muy cabreado. Montar muebles... preparar las bolsitas para darle a los asistentes... Charlar y buscar soluciones con un grupo de gente en la que confías para cumplir el objetivo de que todo salga bien y todo el mundo quede contento. Dormimos en el Parador de León. Me parece que al botones no le hizo mucha gracia llevar el carrito de la jipi, pero tampoco me dejó hacerlo a mí así que bueno... Como diría Nicolás ¿sólo 5 estrellas? Yo vengo de uno de mil estrellas. Los dos días siguientes fueron una locura, como siempre. Casi se va todo al garete, y al final todo salió bien, como siempre.

Como en todas partes, descubres a gente con la que normalmente no estableces relación. Esa es la vida de azafata, que fue más o menos lo que me tocó durante los dos días. ¿Qué nombre recibe ese oficio? La persona que entrega la documentación, soluciona problemas, entrega acreditaciones e intenta no perder los nervios en ningún momento? Relaciones públicas quizá. Bueno. Pues eso y hacer reiki... no tiene que ser muy distinto. Recargarte con toda esa energía positiva... y deslizarla hacia la gente que viene en tu ayuda... Y deslizando deslizando... se enamoró de mí la persona menos adecuada y la única que se ha ofrecido a ir al desierto conmigo.

El caso es que un buen lechazo con los compañeros después, estaba en el albergue juvenil de San Fermín de Madrid.

Madrid
Dicen que San Fermín es un barrio un tanto problemático pero yo no tuve ningún percance. Creo que era un jueves cuando llegué... y en el albergue se reunían muchos amigos y gente de otros países, creando un pequeño mundo de esperanto.

Empecé a hablar esperanto cuando vivía en Madrid. Creo que todo empezó por cambiar un poco de aires. Acabé conociendo a gente encantadora y que bueno... de alguna forma comparten una visión del mundo como un todo sin fronteras.

Durante los dos años que estuve en la ciudad conocí a mucha gente que llevo en el corazón y con la que me gusta compartir mi vida cuando puedo. Están Bruno y Jxose con su dualismo perfecto... Está Alejandro con sus tramas del corazón... Está Schielle con sus bizcochos y su calma... Está Marcial con su poesía de la cara... Está Mónica con su energía y su coraje... Y tantas otras personas que me acompañan en el viaje.

Bueno pues la cuestión era verlos a todos y a mi no me gusta el café. Así que todo se tradujo en una noche fantástica con Sxana y Farri, en la que yo iba a emborracharme pero no lo hice... y los demás se despertaron con resaca. Una tarde pintando el desierto con Marta con mis lápices acuarelables. Una soleada mañana con Alejandro dibujando árboles en el parque. Una magnífica conversación sobre el que no existe con mi protagonista, Marcial. Una intensa tarde persiguiendo la sombra en el retiro con dos Mohameds, charlando sobre la inmigración y sobre mi idea de bajar al desierto. Unos cuantos vinos con Mónica soñando con príncipes y princesas. Cinco minutos con dos músicos búlgaros en la calle Orense. Y media hora en Barajas intentando convencer al enamorado del congreso de que soy libre.

La verdad regresé sin mis cuadros, con un libro de Haruki Murakami y un saco de ilusiones. Una semana inolvidable... caminando plácidamente entre el ruido y la prisa, como dice la desiderata.

La gran noticia
Un día frente al ordenador me llegó un mail de Marcello proponiéndome exponer en Italia en el mes de junio, así que llegó la hora de pintar. Cuatro obras. El tema... el cielo...

El cielo
Dos días después estaba en frente del mar contemplando las nubes... sobre las rocas de Punta Batuda... charlando con mi tio sobre el nomadismo y sus consecuencias. Por lo que parece según su teoría estoy destinada a extinguirme. Es un placer poder disfrutar de una conversación tranquila de corazón. Con mi familia, por separado, tengo muchas. Las charlas con mi abuela son muy profundas y metafísicas. La vida y las piedras del camino... Con mi madre son educativas e intensas. Cuando dos personas con puntos de vista tan opuestos consiguen tolerarse y convivir más allá de sus ideas... se aprenden muchas más cosas que con quien te comprende de forma natural.

La rutina
Vino el trabajo... los compromisos... las conversaciones por teléfono y por email... los días soleados con Bea y Ra en Bertamiráns... las noches de Santiago con Markos... y una tremenda dificultad para fluir con la pintura.

La búsqueda y el encuentro
Me puse en pie. Tomé mi sombrero para el desierto. Me puse la falda roja que me cosió mi madre hace tantos años, con sus manchones de colores. Me calcé las sandalias. Y salí de camino al museo. En búsqueda de un artista. Supongo que no es de extrañar que no encontré a ningún artista allí. Me tomé mi café con leche como me dijo Ángela y las exposiciones ni mencionarlas. Empezó a llover y tuve dudas, pero a los todoterreno nos gusta la lluvia. Así que continué mi camino entre las callejuelas de Santiago. Mis pies me llevaron hasta la catedral, y recordé haberle dicho a Ángela que le haría una visita a mi santito. No sé qué nombre tiene pero está descalzo. Y allí le dejé mis sueños arrugados en un papel.

Desde la escalinata del Obradoiro vi un manchón de color naranja y caminé hacia él. Contra una columna estaba sentado un chico con ropa de montañero, escuchando música y por lo que parecía, compadeciéndose un poco de sí mismo. Se levantó y lo seguí, pero cuando me quise dar cuenta ya había desaparecido y estaba cayendo un chaparrón de mil pares. Así que me senté en aquel soportal. Aquel rincón tan especial donde me reunía con los dos vagabundos al salir de clase, y empecé a sacar fotos.

Cuando miré al frente me llamó el gorrito bereber de cien colores. Jean Pierre Nicolás me miró haciendo un gesto y yo dije... “Chove en Santiago”.

Un par de horas después estábamos los tres charlando bajo un atardecer naranja de sol ardiente, entre los campos y las casas de piedra, en el camino. Tres artistas, pintores, músicos y nómadas...

Ahora estoy en casa escribiendo un relato, terminando todos los trabajos pendientes, fluyendo con la pintura como un niño con un juguete y preparándome para el camino que ya empezó con tus ojos.

 
 
   
Creative Commons License Texto escrito por Patricia Saco en 2007.
 
     
 
 
 
 
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