Probadlo sólo por un día. Sonreidle a la vida como si no pasase nada. Desde lo más profundo. Y hacia afuera.
Hablad a todo el mundo por igual. Con amor y entusiasmo. Al pijo y al vagabundo. Al hombre de negocios y al barrendero. Al pepero y a la señora de la tienda de la esquina. A la niña y al anciano. Como si todos fueran bombones con una sorpresa en su interior.
Amadlos a todos, por un día, como si compartiésemos un mismo y minúsculo lugar en el infinito del universo.
Y cuando os desperteis a la mañana siguiente, preguntaos... ¿merece la pena vivir de otra manera?